Los trabajaremos en clase....son conceptos importantes a aclarar debido a que se los nombra en los diseños curriculares de secundaria.
En efecto, la distinción entre ecologismo y ambientalismo vertebra y organiza el libro. «El medioambientalismo/ambientalismo
aboga por una aproximación administrativa a los problemas medioambientales,
convencido de que pueden ser resueltos sin cambios fundamentales en los
actuales valores o modelos de producción y consumo, mientras que el ecologismo
mantiene que una existencia sustentable y satisfactoria presupone cambios
radicales en nuestra relación con el mundo natural no humano y en nuestra forma
de vida social y política»
Empleando este concepto de ideología, el autor sostiene que el
ecologismo es una ideología política en sentido propio –lo que lo sitúa en un
plano de igualdad con otras, como el liberalismo o el fascismo–, mientras que
no lo es el ambientalismo, con su aproximación meramente administrativa,
tecnocrática y poco sistemática a los problemas ecológicos.
Fragmentos del resumen del libro
Paidós, Barcelona, 1997
Trad. de José Pedro Tosaus
Día de la Tierra. La hipótesis de Gaia
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Cuando Lovelock publicó la hipótesis
de Gaia, provoco una sacudida
en muchos científicos, sobre todo en aquellos con una mente más lógica que
odiaban un concepto que sonaba tan místico. Les producía perplejidad, y lo más
desconcertante de todo era que Lovelock era uno de ellos.
Formulación de la Hipótesis Gaia
Visión global de lo terrestre
primitivo
Primeras investigaciones de vida
extraterrestre
En la búsqueda de evidencia de vida
extra terrestre, en especial en los planetas más próximos, la Agencia Espacial
Norteamericana NASA, http://www.nasa.gov,
inició sus investigaciones en Venus y Marte. Las investigaciones sobre Marte
adquirieron prioridad debido a las condiciones desconocidas y difíciles de la
atmósfera del planeta Venus. La primera nave espacial que visitó Marte fue la
Mariner 4 en 1965 y le siguieron varias otras incluyendo las dos Viking en
1976.

El Dr. James
Lovelock, un químico británico especializado en ciencias de la atmósfera,
inventó un detector de captura electrónica, capaz de seguir la traza de
cantidades extremadamente pequeñas de materia en gases y que fue usado para
estudiar los efectos del CFC en la formación del agujero de la capa de ozono en
nuestra atmósfera en los tempranos 1970. Una década después, la NASA y el
laboratorio de Propulsión JET, requirieron la presencia de Lovelock para su
proyecto de investigación de evidencias de vida en Marte.
La Tierra, un planeta singular
En colaboración con
otros investigadores, Lovelock predijo la ausencia de vida en Marte basado en
consideraciones sobre su atmósfera y su estado de equilibrio químico muerto.
Como contraste, la atmósfera terrestre es descripta en un estado químico muy
alejado de ese equilibrio. El raro balance de gases atmosféricos en la Tierra
es único en nuestro sistema solar. Este hecho, podría ser claramente visible
para cualquier observador extraterrestre, por comparación de las imágenes de
los planetas Venus, La Tierra y Marte.
Y esto pudo ser
concretado en las últimas décadas del segundo milenio: el hombre recorre el
espacio interplanetario y a través de una tecnología de imágenes, ¡se convierte
de hecho en un observador extraterrestre!
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Al respecto,
Lovelock se hizo a sí mismo la siguiente pregunta: ¿Por qué la Tierra es
diferente?
Los análisis
muestran que tanto Venus como Marte tienen en su atmósfera cerca del 95% de
Dióxido de Carbono y muy poco de Oxígeno y Nitrógeno. ¿Qué ha ocurrido durante
billones de años para explicar ésta significativa diferencia? ¿Cómo se produjo
ésta condición y cómo ha logrado mantenerse éste equilibrio que químicamente
está muy alejado de su equilibrio de muerte?
A fines de 1960,
Lovelock ya había dado los primeros pasos para responder a ésta pregunta
considerando los comienzos de la vida sobre el planeta Tierra:
Hace
aproximadamente unos 3 mil millones de años, en los océanos, bacterias y algas
fotosintéticas extraían el dióxido de carbono de la atmósfera liberando
oxígeno. Gradualmente, a lo largo de los vastos tiempos geológicos, el
contenido de la atmósfera fue cambiando, de un dominio del dióxido de carbono
al dominio de una mezcla de nitrógeno y oxígeno, capaz de soportar la vida
orgánica sustentada en combustión aeróbica, tal como lo hacen los animales y el
hombre.
La hipótesis de Gaia
A todos nos
gustaría creer que existe algo (alguna clase de ser superior y bueno) que puede
intervenir y salvarnos de las cosas que van mal en nuestro mundo.
La mayoría de la
gente siempre ha tenido una creencia de este tipo que la reconforte. Durante la
mayor parte de la historia de la humanidad, el candidato para este
"algo" ha sido Dios (no importa a qué dios se adorara en cada tiempo
y lugar) y ésa es la razón por la que, en los veranos secos, los agricultores
han levantado sus ruegos para pedir lluvia. Lo siguen haciendo, pero, a medida
que los conocimientos científicos aumentan y se empiezan a encontrar cada vez
más explicaciones a los acontecimientos de las leyes naturales en vez del
capricho divino, mucha gente empieza a desear un protector menos sobrenatural
(y quizá más predecible).
Por eso hubo bastante revuelo en la
comunidad científica cuando, hace unos cuarenta años, un científico británico,
llamado James Lovelock, propuso algo que cumplía estos requisitos. Lovelock dio
un nombre a su nuevo concepto hipotético: lo llamó Gaia, por la antigua diosa
de la tierra.
Cuando Lovelock publicó la hipótesis
de Gaia, provoco una sacudida
en muchos científicos, sobre todo en aquellos con una mente más lógica que
odiaban un concepto que sonaba tan místico. Les producía perplejidad, y lo más
desconcertante de todo era que Lovelock era uno de ellos. Tenía fama de ser
algo inconformista, pero sus credenciales científicas eran muy sólidas. Entre
otros logros a Lovelock se le conocía por ser el científico que había diseñado
los instrumentos de algunos de los experimentos para buscar vida que la nave
estadounidense Viking había llevado a cabo en la superficie de Marte.
Y, sin embargo, a los ojos de sus
iguales, lo que Lovelock estaba diciendo rayaba en la superstición. Peor
todavía, cometió la temeridad de presentar sus argumentos en forma de
"método científico" ortodoxo. Había obtenido las pruebas para su
propuesta de la observación y la literatura científica, como se supone que debe
hacer un científico... Según él, las pruebas demostraban que toda la biosfera
del planeta tierra (o lo que es lo mismo, hasta el ultimo ser viviente que
habita en nuestro planeta, desde las bacterias a los elefantes, las ballenas,
las secoyas y tú y yo) podía ser considerada como un único organismo a escala
planetaria en el que todas sus partes estaban casi tan relacionadas y eran tan
independientes como las células de nuestro cuerpo. Lovelock creía que ese súper
ser colectivo merecía un nombre propio. Carente de inspiración, pidió ayuda a
su vecino, William Golding (autor de El señor de las moscas), y a Golding se le
ocurrió la respuesta perfecta. Así que lo llamaron Gaia.
Lovelock llegó a
esta conclusión en el transcurso de su trabajo científico mientras trataba de
idear qué signos de vida debían buscar en el planeta Marte los instrumentos que
estaban diseñando. Se le ocurrió que si fuese un marciano en vez de un inglés, habría
sido fácil resolver el problema en sentido contrario. Para obtener la solución,
todo lo que hubiera necesitado un marciano hubiera sido un modesto telescopio
con un buen espectroscopio incorporado. La misma composición del aire de la
Tierra proclama la innegable existencia de vida. La atmósfera terrestre
contiene una gran cantidad de oxigeno libre, que es un elemento químico muy
activo. El hecho de que se encuentre libre en esas cantidades en la atmósfera
significa que tiene que haber algo que lo esté reponiendo constantemente. Si
esto no fuera así, hace mucho tiempo que el oxígeno atmosférico habría
reaccionado con otros elementos como puede ser el hierro de la superficie
terrestre y habría desaparecido, exactamente igual que nuestros espectroscopios
terrestres han mostrado que cualquier cantidad de oxigeno que hubiese habido se
ha agotado desde hace mucho tiempo en nuestros vecinos planetarios, Marte
incluido.
Por lo tanto, un
astrónomo marciano habría comprendido de inmediato que ese "algo" que
repone el oxígeno sólo podía ser una cosa: la vida.
Es la vida (las
plantas vivas) lo que produce constantemente este oxígeno en nuestro aire; con
es mismo oxígeno cuenta la vida (nosotros y casi todos los seres vivos del
reino animal) para sobrevivir.
Partiendo de esto,
la idea de Lovelock es que la vida (toda la vida de la tierra en su conjunto)
interacciona y tiene la capacidad de mantener u entorno de manera que sea
posible la continuidad de su propia existencia. Si algún cambio medioambiental
amenazara a la vida, ésta actuaría para contrarrestar el cambio de manera
parecida a como actúa un termostato para mantener tu casa confortable cuando
cambia el tiempo encendiendo la calefacción o el aire acondicionado.
El término técnico
para este tipo de comportamiento es homeostasis. Según Lovelock, Gaia (el
conjunto de toda la vida en la tierra) es un sistema homeostático. Para ser más
preciso desde el punto de vista técnico, en este caso, el término adecuado es
"homeorético" en vez de "homeostático", pero la distinción
solo puede interesar a los especialistas. Este sistema que se conserva a sí
mismo, no sólo se adapta a los cambios, sino que incluso hace sus propios
cambios alterando su medio ambiente siempre que sea necesario para su
bienestar.
Estimulado por
estas hipótesis, Lovelock empezó a buscar otras pruebas de comportamiento
homeostático. Las encontró en lugares insospechados.
En las islas
coralíferas, por ejemplo. El coral está formado por animales vivos. Sólo pueden
crecer en aguas poco profunda. Muchas islas de coral se están hundiendo
lentamente y, de alguna manera, el coral sigue creciendo hacia arriba tanto
como necesita para permanecer a la profundidad adecuada para sobrevivir. Esto
es un tipo rudimentario de homeostasis. También está la temperatura de la
Tierra. La temperatura media global ha permanecido entre límites bastante
estrechos durante mil millones de años o más, aunque se sabe que en este tiempo
la radiación solar (que es lo que determina básicamente dicha temperatura) ha
ido aumentando interrumpidamente. Por tanto, el calentamiento de la tierra
debía haberse notado, pero no ha sido así. ¿Cómo puede haber ocurrido esto sin
algún tipo de homeostasis?
Para Lovelock
resultaba todavía más interesante la paradójica cuestión de la cantidad de sal
en el mar. La concentración actual de sal en los océanos del planeta es justo
la adecuada para las plantas y animales marinos que viven en ellos. Cualquier
aumento significativo resultaría desastroso. A los peces (y a otros modos de
vida marinos) les cuesta un gran esfuerzo evitar que la sal se acumule en sus
tejidos y les envenene; si en el mar hubiera mucha mas sal de la que hay, no
podrían hacerlo y morirían. Y, sin embargo, según toda lógica científica
normal, los mares deberían de ser muchos más salados de lo que son. Se sabe que
los ríos de la Tierra están disolviendo continuamente las sales de los suelos
por los que fluyen y las transportan en grandes cantidades a los mares. El agua
que los ríos añaden cada año no permanece en el océano. Esta agua pura se elimina
por evaporación debido al calor solar, para formar nubes que terminan cayendo
de nuevo como lluvia; mientras las sales que contenían estas aguas no tienen a
donde ir y se quedan atrás.
En este caso, la
experiencia diaria nos enseña lo que sucede. Si dejamos un cubo de agua salada
al sol durante el verano, se volverá cada vez más salada a medida que se
evapora el agua. Aunque parezca sorprendente, esto no sucede en el océano. Se
sabe que su contenido de sales ha permanecido constante a lo largo de todo el
periodo geológico.
Así que está claro
que algo actúa para eliminar el exceso de sal en el mar.
Se conoce un
proceso que podría ser el responsable. De vez en cuando, las bahías y brazos de
mar poco profundos se quedan aislados. El sol evapora el agua y quedan lechos
salinos que con el tiempo son recubiertos por polvo, arcilla y, finalmente,
roca impenetrable, de manera que cuando el mar vuelve para recuperar la zona,
la capa de sal fósil esta sellada y no se redisuelve. Más tarde, cuando la
gente la extrae para sus necesidades, la llamamos mina de sal. De esta manera,
milenio tras milenio, los océanos se liberan del exceso de sal y mantienen su
concentración salina.
Podría ser una
simple coincidencia que se mantenga este equilibrio con tanta exactitud, independientemente
de lo que ocurra, pero también podría ser otra manifestación de Gaia.
Pero quizá Gaia se
muestre a sí misma con más claridad en la manera que ha mantenido constante la
temperatura de la Tierra. Como ya hemos dicho, en los orígenes de la tierra, la
radiación solar era una quinta parte de la actual. Con tan poca luz solar para
calentarse, los océanos deberían haberse congelado, pero eso no ocurrió.
¿Por qué no?
La razón es que por
aquel entonces la atmósfera terrestre contenía mas dióxido de carbono que en la
actualidad y éste, afirma Lovelock, es un asunto de Gaia, ya que aparecieron
las plantas para reducir la proporción de dióxido de carbono en el aire. A
medida que el sol subía la temperatura, el dióxido de carbono, con sus
propiedades de retención del calor, disminuía en la medida exacta a lo largo de
milenios. Gaia actuaba por medio de las plantas (indica Lovelock) para mantener
el mundo a la temperatura óptima para la vida.
Texto extraído de
"La ira de la tierra", escrito por Isaac Asimov y Frederik Pohl

